viernes, 22 de septiembre de 2017

Cursos acelerados de catecismo de Lampedusa.


“Hasta aquí hemos llegado –escribe Patxi Ibarrondo en LQSomos–. No se sabe cómo, o sí se sabe y no se impide, pero el ridículo esperpéntico lo invade todo en la política nacional. Nos vemos sometidos al albur de unos mediocres que gobiernan, y no tienen otro talento político que perseguir urnas de metacrilato… ¡¡para que no se pueda votar democráticamente un referéndum!! ¿Dictadura gulag? ¿Merienda de negros? ¿Arabia Saudí? ¡No! hablamos de la España neodemocrática, donde el Franco dictador del miedo cabalga como Cid Campeador, después de muerto. Los intereses creados de los que ganaron la guerra civil se aferran como lapas a la roca del inmovilismo. Por el momento y para mantener el chiringuito, están aprendiendo cursos acelerados del catecismo de Lampedusa. Pero aún están en la mitad del primer tomo. Que nada cambie para que todo siga igual… o peor…

“Lo que importa es que el paleontológico IBEX siga excretando beneficios sin arriesgar gran cosa: ser empresarios de los poderes fácticos que toman café y hacen caja fuerte en los paraísos fiscales. Todavía vamos por los primeros capítulos lampedusianos; de momento, está en el pupitre declinando el latín de ‘ladran, luego cabalgamos’ (los corruptos). Aunque sea por la fuerza bruta de los resortes del poder y la presión, vamos tirando. Y, puesto que llegamos tarde al convite, tenemos que recuperar el tiempo perdido en disquisiciones bipartidistas y demás morralla ideológica. Al final, lo que vale es el resultado en cash. ¿Vencer o convencer? Eso no importa, la cosa es estar y ejercer. El absurdo es cosa común y corriente por aquí, como los ciruelos o los percebes… como por ejemplo, es normal prohibir un referéndum en nombre del Estado de derecho. Los que ganaron España como botín de guerra siguen ordeñando el Orden y administrando el miedo. Y, de paso, enterrando con cal viva invisible pero real la Memoria histórica de los muertos esparcidos por cunetas del ruedo Ibérico.

“Esto es un no parar. Y después de Lampedusa habrá que aprenderse “El Príncipe” de Maquiavelo, con el fin de estar homologados en las instituciones de la política en grande. ¿Solo superando esta prueba se consigue catalanes, vascos? Ellos tienen la culpa de lo del 36. Pero aquella sangre no bastó al parecer para escarmiento definitivo. Porque vuelven a las andadas. Con su puta lengua diferencial y su puta cultura y su afán de existir. Aunque, si fuera menester, ningún escrúpulo ni estado de ánimo debería ser un obstáculo para perseguir o destruir las urnas democráticas con las armas de la artimaña y la doble faz. Pero, antes que nada, para ser un cínico arrebatador y soluble en toda corriente significativa, habrá que demostrar el acrisolado y sólido rechazo a la división de poderes del barón de Montesquieu. Sin ese ‘totum revolutum’ de jueces venales o tontos de capirote con firma, fiscales de toga venal y demás jauría jurídica favorable a la tesis del casino y la dehesa, no se consolida nada. Salvo la corrupción.

“¿Catalanes, vascos? Ellos tienen la culpa de lo del 36. Pero aquella sangre no bastó al parecer para escarmiento definitivo. Porque vuelven a las andadas, tú. Con su puta lengua diferencial y su puta cultura. El dilema está entre seguir chupando del bote patriótico y callar o dejar que se nos suban a las barbas los nacionalismos periféricos. España es una contante montería nacional con escopeta al hombro. Que es la nuestra, aunque menos anquilosada. Vuelven a las andadas. La calle está revuelta. ¿Qué hacemos? ¿Ladran, luego cabalgamos?”

jueves, 21 de septiembre de 2017

Cataluña: todos a la cárcel.


La crisis catalana podría llegar a situaciones realmente extravagantes, como que los Mossos d'Esquadra detengan al presidente de la Generalitat o que los calabozos policiales se vean ocupados por más de setecientos alcaldes catalanes o por  los miembros de la mesa del Parlament. Ante este peligro, el periodista y escritor Juan Antonio Molina escribe en Nueva Tribuna: “El gobierno de Rajoy, el Tribunal Constitucional y el fiscal general del Estado, reprobado por el Congreso, dan por hecho que el problema catalán es una cuestión de orden público. O algo más que orden público: una degradación del antagonismo a mero delito común. Una situación que puede sembrar inquietud también al otro lado del Ebro por cuanto esta ilegalización de facto de la política en los desarrollos de la vida pública puede tener el oneroso coste democrático de considerar la disparidad o el malestar ciudadano como formas delictivas, cuyo primer paso, fue la famosa ‘ley mordaza’.

“El extrañamiento de la política supone reducir el debate público a un limitado territorio de lo posible, a una carencia real de alternativas, buscando una uniformidad  que saque el problema del formato polémico y lo sitúe en el ámbito de los hechos consumados como razón de Estado. El soberanismo lleva meses anunciando lo que ha hecho y el gobierno llevaba años sin hacer nada para evitarlo, buscando ese estado de sazón del problema donde el acto de gobierno es sustituido por la gestión policial en nombre del poder coercitivo del Estado. Esta degradación del acto político como esencia de los cimientos del sistema produce lo que nos enseña Aristóteles cuando concluye que las fuerzas –pero no los principios– que concurren para promover y conservar la vida son los mismos que pueden destruirla. ¿Cuál va a ser a partir de ahora el papel del Estado en Cataluña? ¿Qué encaje puede tener Cataluña en el Estado español después de estos acontecimientos?... Es la herencia casi intacta del régimen monárquico que desde los Decretos de Nueva Planta y, en especial, durante el siglo liberal y reaccionario del XIX, se hizo incompatible con el pluralismo cultural y político  dentro de la unidad de soberanía del Estado.

“No hay que olvidar, por otro lado, que las Cortes no son el Sinaí, no legislan ab eternum porque, como afirmó Azaña, un pueblo, en cuanto a su organización jurídica-política, es antes de la Constitución, entidad viva. La democracia, según Hobbes, supone en cierto modo una victoria sobre el tiempo porque, a diferencia de los monarcas, la multitud que gobierna nunca muere. Frente a lo que se nos ha hecho creer, la democracia tampoco puede tener un espacio cerrado, pues no cabe en un Parlamento ni en las fronteras de un Estado, sino que existe siempre como el lugar común de esa resistencia, de ese intervalo en el que se afirma el poder de la ciudadanía”.

miércoles, 20 de septiembre de 2017

Cuando Rajoy pidió un referéndum sobre el Estatut de Catalunya.

La viñeta de Ferreras.

Mariano Rajoy, presidente del Gobierno, fue contundente en el discurso del pasado viernes a sus fieles tras la reunión de la Junta Directiva del PP de Catalunya. “No habrá referendum –dijo, convencido–, no lo habrá”. El presidente del Gobierno lleva semanas proclamando a los cuatro vientos que no habrá consulta sobre la independencia de Catalunya. Y escenificó una vez más su repulsa a cualquier cosa que oliera a referéndum. En realidad lo lleva haciendo desde 2011, cuando llegó al poder. Sin embargo, no siempre fue así: hubo un tiempo en el que el PP de Rajoy pedía la celebración de un referéndum sobre Catalunya.

Jorge Otero, de Público, nos recuerda lo que le pasó hace más de diez años. “Fue el 25 de abril de 2006,  cuando Rajoy, entonces líder de la oposición, presentó en el Congreso de los Diputados una proposición no de ley en la que pedía al Gobierno, presidido entonces por el socialista José Luis Rodríguez Zapatero, la celebración en toda España de un referéndum sobre el nuevo Estatut de Catalunya que poco antes habían pactado por Zapatero y el entonces líder de CiU, Artur Mas. El mismo estatut que sería refrendado por los ciudadanos catalanes, en junio de 2006, y que el PP impugnaría ante el Tribunal Constitucional unas semanas después, en julio de ese mismo año. El mismo Estatut, en suma, que el Constitucional amputaría en una recordada sentencia que tardó cuatro años en alumbrar.

“¿Considera conveniente que España siga siendo una única nación en la que todos sus ciudadanos sean iguales en derechos y obligaciones, así como en el acceso a las prestaciones públicas?”, era la pregunta que el PP pretendía hacer a los ciudadanos españoles. Rajoy calificó su iniciativa de “exquisitamente democrática” y de “exigencia democrática”. Un argumento que ahora utilizan los independentistas catalanes. Rajoy acompañó su demanda de referéndum con cuatro millones de firmas recogidas a lo largo y ancho de toda España y que “llegaron al Congreso en 876 cajas apiladas en palés y transportadas por diez furgonetas”. Para no pocos analistas, en esa recogida de firmas está el origen del actual conflicto entre el Estado y Catalunya.

En aquella primavera de 2006, Rajoy, jefe de la oposición, se recorrió toda la geografía española clamando contra el nuevo Estatut de Autonomía catalán. “Pese a su gira por todo el país despotricando contra el Estatut catalán, Rajoy puso mucho empeño en dejar claro que su propuesta de referéndum no iba contra nadie “sino a favor del sentido común”. Y, en aquel 25 de abril de 2006, lanzó una premonición que explica muchas de sus actuaciones recientes en Catalunya, en especial, la ofensiva judicial con la que está arremetiendo contra los impulsores del referéndum catalán: “Los efectos del nuevo Estatut se verán en los próximos años. El Estado se va a debilitar”, dijo. Pero, nada más llegar a la Moncloa se olvidó del asunto.  “En estos últimos seis años –recuerda Otero –ha podido convocar una consulta, incluso en todo el Estado, pero no ha querido hacerlo”.